¿Tienen derechos los animales?

Enfática y categóricamente lo sostengo: Los animales sí tienen derechos. Sin embargo existen aún dos temas muy importantes que se deben seguir debatiendo. Uno de ellos implica la identificación del fundamento de tales derechos, lo que equivale a responder la pregunta ¿por qué tienen derechos los animales? El segundo se refiere al alcance de tales derechos, lo que supone responder la pregunta ¿a qué tienen derecho los animales? Como se verá, pese a que la formulación gramatical de las preguntas es simple, el ejercicio intelectual de contestarlas evidencia una complejidad exacerbada.

Debo confesar que el debate sobre los derechos de los animales ha tomado una importante fuerza en los últimos años gracias a millones de hombres y mujeres al rededor del mundo que han erguido una conciencia ética que ha confrontado y desafiado a la normalidad de quienes habitamos el planeta. Tengo una anécdota muy reconfortante en ese sentido. Cuando me desempeñé como Subsecretario de Inclusión Social de la Presidencia de la República tuve la oportunidad de tomar parte de una reunión que había sido solicitada por la señorita Magganimales003ie Cortez junto con otras personas, quienes peticionaban que El Salvador se sumara a la iniciativa internacional de los circos sin animales. Lamentablemente no se pudo lograr una prohibición como la requerida, entre otras razones porque tal prohibición exige la intervención del Órgano Legislativo. No obstante tal petición ciudadana tiene el mérito de haber sido uno de los pasos iniciales de un proceso que se cuece a fuego lento, el cual —estoy seguro— más tarde o más temprano culminará con una legislación moderna que recoja esa prohibición que al día de hoy es común en no menos de 15 países, muchos de ellos latinoamericanos, siendo Nicaragua y Costa Rica quienes resaltan el prestigio por el istmo centroamericano.

Ahora bien, la primera pregunta referida se vincula con una discusión filosófica muy profunda y esencial, la cual es plenamente trasladable hacia los seres humanos, i.e., ¿por qué tienen derechos los seres humanos? La diferencia entre esta formulación y la que se refiere a la de los animales está marcada por la milenaria y necesariamente inevitable influencia religiosa. En un mundo en el que también el conocimiento es evolutivo no es de extrañar que los primeros ejercicios de conocimiento y las primeras manifestaciones epistemológicas descansaran en una visión divina. Desde el origen de los tiempos —al menos en la visión occidental— las teorías creacionistas se adelantaron en referir que el ser humano posee una cualidad derivada de su imagen y semejanza al ente creador o de la insuflación inicial. Esta consideración fue madurando y pasó hacia el ámbito de la filosofía racionalista y el llamado humanismo secular, dando origen al concepto de dignidad humana. Las repercusiones en el ámbito jurídico se decantaron por la vía del llamado «derecho natural» o iusnaturalismo, en sus vertientes clásicas y modernas; en ambas el derecho sólo es válido a condición de ser consecuente con determinados valores.

Por la vía de la teoría de la evolución también es posible alcanzar un atributo cualitativamente relevante que explique la distinción básica entre un ser humano y un animal, lo cual está asociado al desarrollo cerebral, a la bipedestación, a la liberalización del dedo pulgar, y a la construcción de un lenguaje fonético simbólico, además de una capacidad de transformación del entorno ambiental que posiciona al ser humano en la cima del proceso evolutivo, con capacidad de influirlo y alterarlo, aunque todo esto en sí no explica el porqué de la atribución de derechos a un ser humano. No obstante cuando estas características se combinan con el desarrollo del positivismo jurídico se genera un nuevo escenario. Utilizando muy pocas palabras hay que decir que el positivismo jurídico es una corriente conforme a la cual la validez de una  norma está condicionada a que haya sido creada por una autoridad a la que se le ha confiado tal atribución de creación, lo cual cumple observando ciertos procedimientos predeterminados.

Para la doctrina del derecho natural los seres humanos poseemos derechos esenciales porque la cualidad ética que subyace en nuestra existencia así lo exige; o dicho de otra manera, la cualidad ética de la dignidad humana se proyecta en el ordenamiento jurídico estableciendo límites a la acción de los demás, incluyendo la acción estatal, por supuesto. Para la doctrina del positivismo jurídico los seres humanos tenemos derechos esenciales porque hay normas que así lo determinan. En la actualidad, y especialmente en el ámbito de los derechos humanos, las líneas divisorias entre ambas doctrinas están difuminándose velozmente.

Si traemos lo explicado anteriormente —que es una diminuta síntesis— se comprende mejor la importancia de la discusión sobre el fundamento de los derechos de los animales. Se puede discernir entonces si existe una cualidad ética en los animales que les haga titulares de derechos, o si por el contrario la titularidad de los derechos se origina en una decisión política que adopta forma jurídica. Para ejemplificar que no se trata de una trivialidad basta con hacer animales004el siguiente ejercicio. Si la cualidad ética que fundamenta los derechos de los animales fuera la vida como un valor ético superior, entonces deberíamos tener la menta abierta para pensar en los derechos de las plantas, de la vida microscópica e incluso de la vida extraterrestre. Si por el contrario el fundamento de los derechos descansara en una decisión política, se podría pensar que en un futuro no muy lejano habrá un conjunto de derechos esenciales para la protección de los robots.

Estoy seguro que en el ámbito latinoamericano no tiene mucha recepción el positivismo jurídico; la impronta de la dominación subyacente a la conquista, y el rol que en ese proceso jugó el catolicismo y la inquisición, hicieron que calara muy hondo la noción metafísica de la justicia, y como resultado la pretensión de separar la relación simbiótica-fundamental entre ética y derecho tiene una fragancia a traición. En la hipérbole que acompaña la reflexión iusnaturalista latinoamericana se suele entender que la separación entre ética y derecho se traduce en un derecho sin límites éticos, o peor aún, en un derecho anti-ético. Esto demuestra la profunda ignorancia y el gran irrespeto existente hacia el positivismo jurídico. Pues bien, yo tengo una especial inclinación intelectual y cognitiva por el positivismo jurídico, y en el ámbito de los derechos de los animales no tengo porqué tener una visión diferente.

Hago una aclaración. No significa que en mi fuero interior carezca de una visión ética sobre los derechos de los animales. Lo único que estoy diciendo es que cuando se trata de encontrar el fundamento de los derechos de los animales, desde una perspectiva jurídica, tengo muy claro que tal fundamento no descansa en un contenido metajurídico. A lo largo de mi vida animales002siempre he tenido animales, y tanto en lo personal como en el contexto de mi familia, se les ha brindado un trato digno, sin que haya requerido una norma jurídica que así lo establezca. Me parece que así se aclara la distinción entre mi visión ética y mi inclinación hacia una determinada corriente dentro de la filosofía del derecho.

Todo lo anterior lo menciono porque en las últimas dos semanas nuestro hemisferio ha tenido la oportunidad de dar un aliciente —quizás es más exacto decir que se trata de un impulso— a la discusión jurídica sobre los derechos de los animales. Con fecha 18 de diciembre de 2014 la Sala Segunda de la Cámara Federal de Casación Penal de Argentina se pronunció en casación sobre una acción de habeas corpus que había sido presentada originalmente por la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales ante la Sala VI de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional, pero que fue desestimada. En la acción de habeas corpus se buscaba la liberalización de una orangután originaria de Sumatra, llamada Sandra, que por 20 años había estado residiendo en el Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires. En su decisión, la Cámara Federal de Casación Penal reconoce, a partir de una interpretación jurídica dinámica, que los animales son “sujetos no humanos” y como tales “son titulares de derechos”.

Por diversas cuestiones de índole procesal Sandra aún no ha salido de su cautiverio; sin embargo, el aspecto jurídico que resulta innegable es que la titularidad de derechos por parte de los animales deja de ser un asunto estrictamente perteneciente al mundo ético, y se convierte en una regla jurídica, pronunciada por una autoridad competente y bajo los procedimientos que están predeterminados para ello. Dicho de otra manera se ha positivizado jurídicamente que los animales sean titulares de derechos.

Quizás con menos ahínco el 5 de enero de 2015 el Cuarto Departamento Judicial de la Sala de Apelaciones de la Corte Suprema de Justicia del Estado de New York emitió una decisión ante la apelación que hiciera el Nonhuman Rights Project de una acción de habeas corpus presentada a favor de Kiko, un chimpancé que se encuentra en un zoológico privado. La decisión de la Sala de Apelaciones denegó el habeas corpus porque en la solicitud no se requirió la inmediata liberación de Kiko, y más bien se solicitó únicamente su traslado a un santuario de primates que los peticionarios consideraban más apropiado. En tal sentido, indicó la Sala de Apelaciones que “even assuming, arguendo, that we agreed with petitioner that Kiko should be deemed a person for the purpose of this application, and further assuming, arguendo, that petitioner has standing to commence this proceeding on behalf of Kiko, this matter is governed by the line of cases standing for the proposition that habeas corpus does not lie where a petitioner seeks only to change the conditions of confinement rather than the confinement itself.” (Traducción personal: “aún asumiendo, hipotéticamente, que estuviéramos de acuerdo con el peticionario en el sentido que Kiko debe ser considerado como una persona para los fines de esta solicitud, e incluso asumiendo, hipotéticamente, que el peticionario tiene la legitimación para iniciar este procedimiento a nombre de Kiko, esta materia se rige por una linea jurisprudencial que establece la regla según la cual el habeas corpus no es procedente si el peticionario pretende únicamente el cambio de condiciones del confinamiento en lugar que el fin del confinamiento en sí.”)

animales001Como mencioné anteriormente esta decisión tiene menos ahínco que la decisión argentina; sin embargo hay que comprender la suspicacia del pronunciamiento judicial neoyorquino. Perfectamente pudo haber descansado en una doctrina jurídica conservadora y decir que los animales, al ser considerados bienes, carecen de derechos, con lo cual la discusión se cerraba sin dejar albergue para las esperanzas. No obstante la Sala de Apelaciones mencionada se da la oportunidad de cavilar, e incluso acoge hipotéticamente la plenitud de argumentos de los peticionarios —que llevan la postura más vanguardista— aunque desestima la acción por un problema que radica en la deficiencia de la formulación de la petición planteada. Dicho de otra manera, la Sala de Apelaciones está dispuesta a seguir discutiendo el tema, pues aún hay muchas consecuencias que se podrían derivar de una sentencia favorable a los peticionarios que no se han ponderado en su totalidad.

En suma, se ha dado un muy importante paso a favor de la lucha por los derechos de los animales. Y esto oxigena y refresca mi confianza en los tribunales de justicia, que deben tener la apertura y la habilidad de actualizar los ocasionalmente vetustos conceptos jurídicos, haciendo de la Constitución y de las leyes que existen conforme con ella, auténticos documentos vivos que contribuyen al progreso y al desarrollo del país sobre el que gobiernan.

En el caso salvadoreño hay muchas cosas en las que aún se debe avanzar a favor de los derechos de los animales, no obstante espero que la difusión de estos precedentes pueda ayudar a estimular y promover acciones y discusiones que nos permitan incrementar, como sociedad, una conciencia ética cada vez más depurada… la misma que nos debe llevar a execrar a los corruptos y a los abusadores de poder, y a condenar toda forma de exclusión, discriminación y miseria que aún enfrentan miles de personas tanto en El Salvador como en el mundo entero.